Un poco de historia

Entre los años 2000 y 2011, mi familia y yo experimentamos 4 huracanes en Florida, Estados Unidos: Frances, Jeanne, Katrina y Wilma. No teníamos experiencia, no sabíamos qué hacer. Las autoridades dieron aviso con tiempo. Muchos evacuaban. Otros que no podían irse o no tenían a dónde ir, o simplemente no llegaban a tiempo a evacuar, corrían buscando suministros, reforzando aberturas en sus casas, haciendo largas colas para conseguir combustible para sus generadores. Y tenía todo el sentido del mundo, porque una vez que el huracán pasa, solo deja destrozos, cambia el clima a lo largo y ancho del territorio abarcado, se corta la electricidad, y para muchos la situación escala a otro nivel al ver cómo se van sus seres queridos.

Ahora, haciendo un recuento de lo sucedido, quedan grabados esos momentos de tensión y desesperación cuando se empiezan a escuchar las primeras ráfagas de viento. Mi padre nos había conseguido unos chalecos salvavidas para protegernos contra escombros voladores, unas linternas y alguna que otra protección física. Pero luego viene la realidad: se corta la luz y se queda solo con la tormenta procurando descifrar qué está por pasar. El viento intensifica de a poco su velocidad, el ruido se hace más fuerte, nos aferramos entre todos y empezamos a imaginar lo peor: ¿se vuela el techo? Y en ese momento descubrimos que ante la naturaleza violenta no somos nada, un techo no es nada, unas paredes no son nada. Y no acaba en lo inmediato; pasan 2 minutos, pasan 30 minutos. Pasa 1 hora, pasan 2... todo el día, y termina durando una semana entera o hasta 10 días de vientos que suben y bajan de intensidad, objetos volando de otras casas, lluvia. Así, todo un estado (o provincia) se pone a prueba. Es lo que le sucede casi todos los años a millones de residentes en zonas tropicales o a personas que residen en zonas de tornados o desastres similares.

¿Cuál es el punto? Que muchas personas terminan decidiendo tener algún tipo de bóveda o refugio que esté completamente dedicado a eventos así. Cuando llega el día, no importa la casa, no importa el auto, no importa nada: es usted contra un monstruo que puede llevarlo para siempre.

Por eso hemos decidido desarrollar de cero un producto que hace tiempo ya existe en otras partes del mundo, pero no estaba certificado por el Colegio Profesional de Ingeniería Civil (CPIC) en Argentina para que cumpla con sus normas. Ahora sí tenemos la posibilidad de crear un producto propio, pensado y calculado exclusivamente para eventos similares y peores y que toman como referencia las normas norteamericanas de FEMA y superando sus exigencias por una obvia cuestión: No dudar del techo que nos cubre.

Que nuestro aporte y dedicación le ayude a tomar su decisión.

- Esteban A. Raimundo

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